Ahora podras tener en tu computador, el Libro de los Libros,
podras leer y analizar la Verdera historia de Nuestra Creación,
y todo lo acontecido antes y despues de que Nuestro Padre enviara
a su Santisimo Hijo a redimirnos del Pecado cometido por Adán y Eva, y conseguir la Vida
Eterna, en la Gloria de Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo.
Con esta versión Digital de la Sagrada Biblia, ya no tendras
que aprenderte de memoria, la ubicación exacta ( Capitulo
y Versículo de tu pasaje favorito ), sólo tendras
que buscar el Libro que deseas del Antiguo o Nuevo Testamento,
y escoger el tema que te interesa de dicho Libro, y te colocaras
exactamente en la información que te interesa.
Llámase canon a toda regla de la fe o de la disciplina eclesiástica.
De aquí procede la denominación de canónicos que se da a los libros
sagrados, pues son regla de nuestra fe y de la vida cristiana.
La doctrina acerca de la naturaleza de los libros sagrados y de
cuáles son éstos, se contiene en la tradición de la Iglesia. El
conjunto de los libros sagrados —llamados también revelados—
forma la Sagrada Escritura o Biblia (del griego biblos, libro,
queriendo significar Libro de los Libros). Dichos libros se llaman
sagrados porque su autor es Dios, es sagrado el asunto que tratan
(la Revelación divina) y fueron hombres temerosos de Dios e inspirados
por Él los que los escribieron. Qué libros integran la Biblia
y, por consiguiente, deben tenerse por canónicos, es cuestión
que no puede dilucidarse por los mismos libros, sino mediante
la autoridad de la Iglesia, la cual, en virtud de un juicio de
su magisterio infalible y apoyándose en la tradición, decide la
canonicidad de cada libro. Ahora bien: El Concilio Vaticano I
(1870) declaró que deben ser tenidos por canónicos «todos aquellos
libros, tanto del Antiguo como del Nuevo Testamento, que se enumeran
en el decreto del Concilio de Trento, íntegros, con todas sus
partes, y tales como se encuentran en la antigua edición Vulgata
latina».
Por el citado Concilio de Trento fue definido y declarado de fe
el siguiente canon o catálogo de los Libros Sagrados: Del Antiguo
Testamento
Cinco de Moisés, a saber: el Génesis, el Éxodo, el Levítico, los
Números y el Deuteronomio. — Josué, Jueces, Rut. — Cuatro de los
Reyes, dos de los Paralipómenos: Esdras, el primero, y el segundo,
que se llama Nehemías. — Tobías, Judit, Ester, Job. — El Salterio
davídico, que comprende 150 salmos. — Proverbios, Eclesiastés,
Cantar de los Cantares, Sabiduría, Eclesiástico. — Isaías, Jeremías
con Baruc, Ezequiel, Daniel; doce profetas menores, a saber: Oseas,
Joel, Amos, Abdías, Jonas, Miqueas, Nahum, Habacuc, Sofonías,
Ageo, Zacarías y Malaquías. — Dos de los Macabeos: primero y segundo.
Del Nuevo Testamento
Cuatro evangelios:
de San Mateo, de San Marcos, de San Lucas y de San Juan. — Hechos
de los Apóstoles, escritos por el evangelista San Lucas. — Catorce
epístolas de San Pablo Apóstol: a los Romanos, dos a los Corintios,
a los Galatas, a los Efesios, a los Filipenses, a los Colosenses,
dos a los Tesalonicenses, dos a Timoteo, a Tito, a Filemón y a
los Hebreos. — Dos epístolas de San Pedro Apóstol, tres de San
Juan Apóstol, una de Santiago Apóstol (el Menor), una de San Judas
Apóstol, y el Apocalipsis de San Juan Apóstol. A esta lista añadió
el Concilio Tridentino el siguiente decreto: «Si alguno no recibiere
por canónicos y sagrados estos libros, íntegros, con todas sus
partes, como en la Iglesia católica acostumbraron a leerse y se
contienen en la antigua edición Vulgata latina, sea anatema».
Los libros sagrados suelen distinguirse en protocanónicos y deuterocanónicos,
según que desde el principio y sin vacilaciones fueron reconocidos
como canónicos, o fueron objeto durante algún tiempo de discusiones
y dudas. (Desde luego, no admisibles hoy, puesto que está definida
su canonicidad). Los deuterocanónicos del Antiguo Testamento son:
Tobías y Judit, los dos de los Macabeos, Eclesiástico y Sabiduría,
Baruc, y algunos fragmentos de Ester y Daniel. Los del Nuevo Testamento
son: Carta a los Hebreos, 2.a de San Pedro, 2.a y 3.a de San
Juan, la de Santiago, la de San Judas y el Apocalipsis.
Bueno será, y muy conveniente, que una vez conocida la lista de los libros sagrados, sepamos que el Concilio Vaticano I, saliendo al paso de teorías falsas acerca de la inspiración, declaró que estos libros han de ser tenidos en la Iglesia por sagrados y canónicos, «no porque, compuestos únicamente por humana industria, hayan sido después aprobados por su autoridad, ni tampoco solamente por contener una revelación sin error, sino porque, escritos con la inspiración del Espíritu Santo, tienen a Dios por autor, y como tales han sido entregados a la misma Iglesia».
Al emprender la lectura de la Biblia, hay que tener en cuenta asimismo que el papa León XIII, de inmortal memoria, veintitrés años más tarde del Vaticano I, o sea, en 1893, tuvo que desautorizar a ciertos escritores católicos que osaron coartar la verdad de las Sagradas Escrituras, reduciéndola a las cosas de fe y moral, mientras que todo lo demás, como por ejemplo lo histórico, lo reputaban como dicho de paso y sin conexión alguna con la fe. Así querían limitar el sentido de la frase del Concilio que atribuye tal autoridad divina al texto sagrado, que lo considera «inmune de cualquier error». Naturalmente, no se han de considerar errores ciertas frases o modos de hablar corrientes, referentes a fenómenos físicos.
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